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El “Centro Residencial de Familias del Sur de Texas” No es un Refugio. Es un Campo de Internamiento.

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Las barracas del Centro de Detención de Manzanar en donde Japoneses-Americanos estuvieron cautivos durante la Segunda Guerra Mundial.

Las barracas del Centro de Detención de Manzanar en donde Japoneses-Americanos estuvieron cautivos durante la Segunda Guerra Mundial.

May 21, 2015

Por Carl Takei, del Proyecto Nacional de Prisiones de la ACLU

Artículo publicado originalmente en inglés en The Marshall Project

El “Centro Residencial de Familias del Sur de Texas” en Dilley intenta enmascarar su verdadera naturaleza con alegría forzada y eufemismos inspirados en campamentos de verano.  La semana pasada cuando visite Dilley junto con otros representantes de organizaciones no-lucrativas, nos dijeron que los “residentes” viven en “vecindades” con nombres como “La Rana Amarilla” y “El Loro Rojo”, que vienen a juego con etiquetas de personajes de animales, y son observados por “supervisores residenciales”.

Pero Dilley no es un campamento de verano.

Es un centro de detención de 50 acres aseguradas que es propiedad y está operado por la Corporación de Correccionales de América (CCA), la empresa de prisiones con fines de lucro más grande del país, bajo un contrato con las autoridades federales de inmigración que tiene un valor estimado de $260 millones por año.  El propósito de Dilley es detener a familias que han huido de la brutal violencia en Centro América, llegaron a Estados Unidos en busca de protección, y están esperando que la corte decida sus peticiones de alivio migratorio.  Aún en construcción, Dilley actualmente detiene a casi 800 personas y tendrá la capacidad de detener a 2,400 cuando termine su construcción.  Al terminar, Dilley será el centro de detención de inmigración más grande de todo el país, haciendo que infantes y madres Centroamericanas sean la nueva cara de la detención masiva.

Una barda alta y cámaras de seguridad rodean el campo, previniendo que los “residentes” escapen.  Los visitantes pasan por un detector de metales y procedimientos de registro indistinguibles de los de una prisión ordinaria.  Ambos, los niños y sus madres saben que sus “supervisores residenciales” son guardias – y recuerdan este hecho al reportarse para ser contados tres veces al día y soportar las revisiones nocturnas.

Las viviendas temporales que miembros del Congreso y los medios vieron durante sus visitas previas han sido reemplazadas con construcciones estilo barracas que no ofrecen privacidad – un solo cuarto puede contener un máximo de hasta 12 personas de familias no relacionadas.  Dentro del desarbolado campo, la fina tierra roja se convierte en polvo molido en la garganta cuando está seco y en pegajoso lodo rojo destructor de zapados después de una tormenta.

Cada mañana a las 5:30 a.m., los guardias despiertan a los niños con gritos y luces, recalcando su estatus de niños prisioneros y la impotencia de sus padres frente a la autoridad de los guardas. Inexplicablemente para ser un lugar con tantos niños pequeños, no hay baños y regaderas dentro de las viviendas – solo sanitarios accesibles por medio de un pasillo que está a la intemperie.  En una ocasión, una niñita fue forzada a orinarse en sus pantalones durante el conteo de la tarde porque un guardia se negó a dejarla ir a usar el baño.  No es de extrañar que por ello muchos niños comiencen cada día con lágrimas.

Oficiales de inmigración afirman que esta es una manera “humana y segura” de detener a niños y sus madres.  Pero lo que vi en Dilley fue inquietantemente familiar para mí.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos arrestó a mi familia por su ascendencia Japonesa y los encerró en campos de prisioneros que eufemísticamente fueron llamados “centros de reasentamiento”.  Historiadores están generalmente de acuerdo en que el encarcelamiento de Japoneses-Americanos en tiempos de guerra fue totalmente injustificado – producto de la histeria de la guerra y de creencias racistas infundadas de que eran espías y saboteadores potenciales.  De hecho, en una ironía histórica, Japoneses-Americanos fueron reclutados dentro de los campos y pelearon valientemente en una unidad de la Armada de Estados Unidos segregada racialmente.

Previamente he visitado los sitios de Manzanar, Tule Lake, y otros campos de encarcelamiento de la Segunda Guerra Mundial.  Más que nada, Dilley se siente como una versión actualizada de esos lugares.  Y los esfuerzos de los oficiales modernos por ponerle un brillo de felicidad a la detención de familias hacen eco con los videos de propaganda de la Segunda Guerra Mundial creados para justificar el encarcelamiento de Japoneses-Americanos en tiempo de guerra.

El encarcelamiento de la Segunda Guerra causó un trauma duradero para las familias Japonesas-Americanas.  Al hacer a los padres tan desvalidos como a los niños, los campos debilitaban las estructuras familiares y creaban un trasfondo constante de ansiedad.  En la claustrofobia y falta de privacidad en las barracas, nadie podía escapar de las discusiones y lágrimas de cualquier otra familia.  Aun después de que abandonaran los campos, los niños tuvieron problemas en recuperarse de las primeras experiencias que vivieron como niños prisioneros.  

Hoy, las autoridades de inmigración bajo la dirección del Presidente Obama están innecesariamente causando el mismo trauma a familias que están llegando a Estados Unidos en busca de protección.

Centros de Detención de Familias de la escala de Dilley sólo existen porque la administración de Obama dio un cambio radical en su trato a las familias inmigrantes.  Entre el 2010 y Junio de 2014, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en Inglés) no detenía a familias que buscaban protección de asilo en Estados Unidos. Sin embargo, al inicio del verano del 2014, ICE respondió al aumento de inmigrantes de Centro América tomando la posición de que a las familias de Centro América se les debería de negar la libertad o deberían de ser puestos en libertad solo si podían pagar fianzas muy altas.

Estas políticas aplican aún a las familias que han pasado la primera etapa para obtener protección de asilo: mostrar miedo creíble de persecución en su país de origen.  El resultado de estas políticas gubernamentales ha sido la ola de construcción masiva de centros de detención de familias.  Aun cuando ICE mantenía un poco menos de 100 camas para detención de familias en Mayo del 2014, se espera que para este verano haya un total de 3,700 camas a nivel nacional para detener a familias.  

El día después de que visité Dilley, ICE anunció que tomaría pasos para “mejorar” las condiciones de confinamiento dentro de los centros de detenciones para familias porque “el bienestar de las familias detenidas, en particular los niños, es de primordial importancia para ICE”.  Pero estas medidas no abordan la subyacente crueldad de la detención de familias.  Si la administración habla en serio sobre proteger a niños y sobrevivientes de trauma, entonces ICE debe de liberar en las comunidades a todas estas familias – bajo términos de liberación o de supervisión individuales determinados – mientras que sus casos de inmigración se abren camino en las cortes.

Los esfuerzos equivocados de construir campos de prisioneros amigables para niños repite la inhumanidad que el gobierno de Estados  Unidos impuso a las familias Japonesas-Americanas durante la Segunda Guerra Mundial.  Si los oficiales de la administración de Obama que están implementando la detención de familias ignoran las lecciones del pasado, ellos asegurarán un innoble lugar en nuestra historia.  

 
 

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